
Una pequeña narración, que me recuerda aquellos días de mi infancia cuando me refugiaba bajo los arboles y recorría los senderos de mi pueblo, lejos de todo bullicio de ciudad y toda responsabilidad social de esas que se adquieren con la edad.
" Añoro aquellos tiempos, cuando los campos se cubrían de gloria, y las aves volaban libres, por los cielos de mi madre patria, los hombres, altivos y fuertes, un soldado llevaban dentro esperando el momento de defender su nación, brindando su vida a la libertad de de su pueblo, el viento flotaba dulce, amable sobre el rostro de las bellas jóvenes, a las cuales acariciaba tiernamente y jugueteaba con sus hermosos cabellos de princesas. Solo reinaba en nosotros la ley de la naturaleza, el capricho hermoso que nos brinda la muerte y la vida, la vejez venerada y la juventud valorada, y la niñez, divino tesoro, era por todos adorada. Nuestras ropas eran pieles curtidas arrancadas del cuerpo de los animales, sacrificados, para nuestro beneficio, pero no por la brutalidad humana, más bien por la necesidad tan natural de la alimentación y los rotundos cambios climáticos que provocaban en un día normal, una escarchada nieve que cubría todos los bosques. Los dioses incitaban a la guerra por la libertad, a la adoración de la belleza femenina, a amar la naturaleza proveedora de todos nuestros sustentos. Nos provocaba la felicidad al entonar bellos cánticos sobre las enormes fogatas del gran fuego azul y rojo, de la leña sagrada del viejo árbol de cedro. Y compartíamos el vino, en una gran copa de oro; la cual no admirábamos por su valor económico, era adorada por su gran fulgor, por su brillo inmenso como el sol, iluminando nuestras noches al calor del fuego, riendo, bebiendo y cantando. La espada, regalo de dioses, forjada en los ríos del bosque tallada con el acero de las montañas y fundido entre oro plata y bronce, fiel acompañante de las noches de guerra y de los días de victoria, aunque la sangre era derramada por todo el campo, el cielo bondadoso dejaba caer sus lágrimas con las cuales lavaba el dolor de las entrañas de los cuerpos muertos y los transportaba a su lugar de descanso para ser recordados por toda la eternidad. Oh, llegaba el otoño, las hojas caían; un poco de lluvia rociaba los ya secos arboles y después el cielo se tornaba en un color miel y el sol se enrojecía como los labios de una bella mujer, comenzaba lentamente a ocultarse en el horizonte, de pronto se podía ver salir a la luna, que desesperada por despertarse y alzarse como la reina de la noche, intentaba librarse de sus cadenas y gobernar sobre el centro del cielo, las estrellas pequeñitas que la acompañan en su hermoso recorrido nocturno, nos recuerdan a nuestros héroes caídos, a aquellos que lucharon grandes guerras y que derramaron su sangre para libertar a nuestro pueblo. En aquel hermoso cielo algún día ocupare mi lugar junto aquellas estrellas, cuando mi tiempo se haya agotado, cuando mi misión haya sido cumplida, mientras tanto recordare con orgullo aquellos tiempos de gloria."
Víctor Yudiel Carmona Castillo.
" Añoro aquellos tiempos, cuando los campos se cubrían de gloria, y las aves volaban libres, por los cielos de mi madre patria, los hombres, altivos y fuertes, un soldado llevaban dentro esperando el momento de defender su nación, brindando su vida a la libertad de de su pueblo, el viento flotaba dulce, amable sobre el rostro de las bellas jóvenes, a las cuales acariciaba tiernamente y jugueteaba con sus hermosos cabellos de princesas. Solo reinaba en nosotros la ley de la naturaleza, el capricho hermoso que nos brinda la muerte y la vida, la vejez venerada y la juventud valorada, y la niñez, divino tesoro, era por todos adorada. Nuestras ropas eran pieles curtidas arrancadas del cuerpo de los animales, sacrificados, para nuestro beneficio, pero no por la brutalidad humana, más bien por la necesidad tan natural de la alimentación y los rotundos cambios climáticos que provocaban en un día normal, una escarchada nieve que cubría todos los bosques. Los dioses incitaban a la guerra por la libertad, a la adoración de la belleza femenina, a amar la naturaleza proveedora de todos nuestros sustentos. Nos provocaba la felicidad al entonar bellos cánticos sobre las enormes fogatas del gran fuego azul y rojo, de la leña sagrada del viejo árbol de cedro. Y compartíamos el vino, en una gran copa de oro; la cual no admirábamos por su valor económico, era adorada por su gran fulgor, por su brillo inmenso como el sol, iluminando nuestras noches al calor del fuego, riendo, bebiendo y cantando. La espada, regalo de dioses, forjada en los ríos del bosque tallada con el acero de las montañas y fundido entre oro plata y bronce, fiel acompañante de las noches de guerra y de los días de victoria, aunque la sangre era derramada por todo el campo, el cielo bondadoso dejaba caer sus lágrimas con las cuales lavaba el dolor de las entrañas de los cuerpos muertos y los transportaba a su lugar de descanso para ser recordados por toda la eternidad. Oh, llegaba el otoño, las hojas caían; un poco de lluvia rociaba los ya secos arboles y después el cielo se tornaba en un color miel y el sol se enrojecía como los labios de una bella mujer, comenzaba lentamente a ocultarse en el horizonte, de pronto se podía ver salir a la luna, que desesperada por despertarse y alzarse como la reina de la noche, intentaba librarse de sus cadenas y gobernar sobre el centro del cielo, las estrellas pequeñitas que la acompañan en su hermoso recorrido nocturno, nos recuerdan a nuestros héroes caídos, a aquellos que lucharon grandes guerras y que derramaron su sangre para libertar a nuestro pueblo. En aquel hermoso cielo algún día ocupare mi lugar junto aquellas estrellas, cuando mi tiempo se haya agotado, cuando mi misión haya sido cumplida, mientras tanto recordare con orgullo aquellos tiempos de gloria."
Víctor Yudiel Carmona Castillo.
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