Este trabajo fue escrito en una ocasión muy especial; dedicado principalmente a el templo de sabiduría al que orgullosamente pertenecí alguna vez, los años pasan y uno tiene que buscar algo más que lo que te ofrece la vida, sin embargo las enseñanzas que obtuve en aquella "logia"; no serán jamas olvidadas.
Cuando se desciende de las montañas de picos nevados y rocas de hielo, y se camina por senderos inhóspitos como una bestia del bosque, y se observan las aves que soporta el frio y la lluvia al mismo tiempo sin la mas mínima forma de dolor, es después de dicha experiencia que se puede descubrir el verdadero templo de la sabiduría”
En alguna ocasión yo descendí de las montañas dándome cuenta que ya no era suficiente para contener mi espíritu libre el inmenso frio ni las pesadas proyecciones de granizo que simulaban verdaderos diluvios universales, no era suficiente la hambruna y el pesado olor a muerte, se me hizo rutinario ver pasear los muertos vivientes a lado mío, a mis espaldas, frente a mi, tratando de articular palabras, pero les era insuficiente el simple intento pues su espíritu no pedía mas que vivir y no trascender pues tal parece que dicha palabra en aquella montaña estaba prohibida de tal forma que se cuidaba como un decreto de alguna antigua santa inquisición.
Decidí entonces, con el dolor que acompaña a tal acción, abandonar mi antiguo hogar, pues mi afán de superación hacia descartar mi supervivencia alejado de los nuevos paisajes que se abrirían delante de mi al avanzar cada vez. Entonces comencé a caminar, a trotar, a correr, a bajar y a sufrir cansancio y hambre, pero al fin había alejado de mi mente el recinto antiguo donde viviría y moriría como un autómata, sin futuro ni gloria.
El camino era largo y lo fue aun más, viví horrores que me recordaban a Dante, disfrute de placeres como el viejo Siddhartha, aprendí a usar el látigo como el caminante recolector de almas que es aquel Zoroastro, se me rompió el corazón como al buen Sorem, y naufragué algunas veces en el olvido como Gordon Pym, pero mi destino estaba ya trazado de una forma Epicúrea, arreglado con la paciencia de un escultor y mistificado como las pinceladas de hombre sin oreja.
Por fin estaba frente a mí la puerta de la sabiduría, pude leer su nombre escrito en letras de oro, ¿pueden los antiguos poetas describir la sensación de felicidad que invadía mis venas y afiligranaba mi cerebro? No creo que homero tuviese palabras para ello, no veo a Bequer disertando sobre el tema, quizás aquel que le escribe sonetos a la luna me puede comprender.
Era Benito Juárez Numero Uno, el templo cubierto de oro, cuyas letras me cegaron por largo momento después de leídas, en cuyas puertas nadie atraviesa, tan solo aquellas pocas personas que son elegidas cuidadosamente, aquel lugar donde se respira sabiduría y los vivos están realmente vivos, y los muertos son arrojados para que su pestilente olor no infecte los cuerpos brillantes tallados en oro de sus sabios que galopan en corceles blancos llevando en su mano derecha el estandarte de la sabiduría y en su mano izquierda la bella espada cuyo filo jamás se acaba que representa la libertad.
Así entre yo al templo antiguo de oro, nuevo para mi, pero el mas antiguo entre los mundos, y sus muros representaban paz, y sus atriles destilaban sustancias puras provenientes de las almas de sus miembros, y todas las espadas brillaban al unisonó, sus luces de colores discretos permitían ver la belleza de sus muros y en sus techos podía observar el universo representado de la antigua manera griega, y las constelaciones parecían que bajaban a la tierra en ese preciso instante en que yo, por debajo de ellas caminaba temeroso e impacienté por ocupar algún sitial dentro de la masticación ignota hasta el momento para mi en la mayor de sus partes, entonces reconocí que yo pertenecía en cuerpo y alma y que mis sueños de sabiduría por fin se cumplirían. Y así el viaje de este cuervo había llegado a su fin, abandone mi amada montaña, cruce selvas, estepas y bosques, tormentas y fuegos, y ahora me veo aquí representado por estos colores verdes y dorados, sentado junto a mis amados hermanos compartiendo conocimientos y disfrutando de su compañía.
Y aunque yo provengo de otra cuna y mi linaje subsiste en tierras lejanas, y la luz se me fue dada en templos paganos, estoy orgullo el día de hoy, de beber una vez mas de la copa rociada de antigüedad de la que solo los primeros podemos beber, de aquel vino proveniente del Rin, que solo los mas antiguos podemos degustar, y apagaremos juntos el fuego de 65 antorchas que en lo alto del castillo consumen su llama.
¡Felicidades mis hermanos, un año mas de gloria, un año mas de libertad!
Víctor Yudiel Carmona Castillo.
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